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De WikiNovela
Las letras tienen muchos colores, y suben en una lluvia invertida -quizás es el tiempo que retrocede, quizás sólo es culpa de algún proyectista distraído, o quizás es que es así, que su devenir natural es llover hacia arriba-, que aparece durante segundos y no dura nada. Es posible que las tormentas que asolan las ciudades desde hace semanas no sean sino la suma de todas las lluvias de letras coloreadas -una novela maldita; una novela inacabada e inacabable-, aunque nadie, aún, lo haya planteado tan claramente.
De todas maneras, las letras que se derraman de las nubes no se parecen en nada -en su hastío aceitoso y en su gramática que sólo las ratas saben aprovechar, como quien puede digerir plástico-, a ese ascender como de pompas de jabón de letras y letritas en las pantallas de millones de ordenadores que siempre dicen lo mismo, como si buscaran el comienzo perfecto de una novela perfecta, y así estuviéramos desde hace decenios, repitiendo sistemáticamente una idea a la que sólo se le pueden agregar o quitar una coma, una falta de ortografía, quizás un color por otro.
La novela sigue, como si eructara algún dios griego.
Las ratas salen a las calles y uno puede verlas felices, sus pelos empapados de letras, las pulgas escapándoseles horrorizadas de tanta miseria. Uno puede ver las pulgas, y verles las caras de asco y de miedo, cuando escapan de las ratas.
Los contenedores de basura, abiertos de par en par -ya nadie los cierra; en el fondo nos gusta esa imagen de los contenedores abiertos, nos parece muy poética y quizás hasta metafórica-, y sus entrañas son como un bostezo lleno de sopa, una lengua formada por decenas de bolsas de residuos que ya nadie recoge, y la sopa gris de letras rebalsando por sus comisuras cuando hay un golpe de viento más fuerte que el anterior.
En uno de los contenedores, ya no agoniza lo que fuera el último antihéroe que la literatura nos había brindado. Quizás nadie lo sepa -nos hemos enterado de fuentes de poca confianza-, y quizás no podamos afirmarlo con certeza, pero Ricardo ha viajado a México, y ha vuelto a ver a Lupe. Al principio, no se han reconocido. Después, Ricardo ha descubierto el leve gesto que levantaba las comisuras de sus labios a Lupe cuando ésta sonreía, y le ha preguntado a Lupe si era Lupe -Ricardo, diciendo que era Ricardo, fue reconocido como Ricardo por Lupe-, y Lupe le dijo a Ricardo, que lo reconocía como Ricardo, y que ella era Lupe.
Pasearon, tomaron helados de limón, se maravillaron uno del otro, y, finalmente, diez u once veces a lo largo de esos días, follaron.
Después, Ricardo volvió a México -se quitó las ganas, hubo quien sostuvo; nosotros creemos que su proverbial cobardía volvió a traicionarlo, aunque en realidad podríamos afirmar que fue él, Ricardo, quien no supo traicionarla a ella, a la cobardía-, y retomó, por el tiempo que le quedó de vida, la costumbre de contar tesoros, de mirar a las putas, de pelear con el fantasma de su mujer y con sus hijos.
Murió de muerte natural -lo asesinaron-, suicidándose al tirarse por las escaleras de la casa de su hija, en la ciudad vieja de Palencia.
Lo arrojaron como a un monigote viejo -que fue en lo que quedó convertido-, en un contenedor de basura que el viento de la tormenta fue llevando por las calles de Buenos Aires, sin que nadie quisiera detener su derrota. La lluvia de letras le roe los harapos con que lo han abandonado, pero aún se lo reconoce, con la boca abierta y los ojos llenos de letras que retrasan su descomposición.

