El cronista
De WikiNovela
El cronista enciende un cigarrillo; está atento a la gente que pasa frente a la ventana del bar, está atento a los movimientos erráticos del camarero por el salón -aún no ha conseguido ganar su esquiva atención, y el estómago le pide un café con leche que mitigue, durante media hora al menos, el punto de acidez que le atormenta dulcemente-, está atento, también, a los entrecijos de conversaciones que le rodean -vicio profesional; acumulará codiciosamente cada palabra, cada giro, y lo utilizará en su próxima ficción, o quizás en la que escriba dentro de quince años, o quizás no, quizás quede ahí en algún lugar de la memoria, acechando su oportunidad-, y está, también, atento a su propio discurso que gira sobre las decenas de entrevistas que ha hecho en los últimos meses, la caótica recopilación de anécdotas sobre la vida de Ricardo -ni siquiera sabe si, realmente, se llama Ricardo y la aún más caótica recopilación de anécdotas -marujeos océano de por medio, lo sabe bien-, sobre la vida de Lupe; todo se revuelve dentro de su memoria, del mismo modo -diferente, si es sincero consigo mismo-, que como se lo han contado vecinos, familiares y a amigos de los héroes de la novela que está escribiendo.
El punto de acidez del estómago crece cuando es conciente -una vez más y riéndose de si mismo sin una pizca de buen humor-, de que ni siquiera ha sido capaz de evacuar sus dudas con respecto al verdadero nombre de la mujer de Ricardo. Siente las notas acumuladas en los bolsillos de los pantalones como una presencia viva -una rata en los bolsillos. Nada que tenga romanticismo, o tragedia, o misterio: las notas de sus bolsillos son pequeñas ratas que se mueven y cagan dentro de sus pantalones...-, una presencia que tiene que alimentar porque si no se rebela, se meve aún más y caga y mea con más odio y desprecio, y por ello tiene que sacar las notas de los bosillos y continúa escribiendo las notas balbuceantes de las que no se preocupa, ni tan solo, de corregir ortográficamente.
El camarero sigue su danza desgarbada por el salón, pasando del cronista, y sonríe simpatiquísimo a un escote que le pide un cortado corto de café descafeinado de máquina con leche natural y dos de sacarina. La frase, aunque sabe que burlarse de esas mariconadas es, ya, un tópico que sólo puede perjudicar al burlador -piensa en el burlador burlado, una y otra vez-, arremete contra los sitios libres de su memoria, intentando conseguir un lugar al sol, un lugar en el que ser útil a la prosa presente o futura.
-Café con leche templada -pide el cronista. El camarero asiente, maloliente, y se va. Al rato vuelve, con un café con leche emulsionado.
El café con leche está casi frío. El cronista guarda esa pequeña derrota en algún lado de su memoria hambrienta; está convencido de que todo tiene sentido, a pesar de todo, de si mismo, y de los demás.

