El protocolario recuento
De WikiNovela
Ricardo, cuando cumplió con el protocolario recuento de su colección de jabones (nada nuevo, ningún cambio), se atrevió a bajar las escaleras de su edificio. El que no se hubiera marchado con Miguel no era casual, respondía a la necesidad de la soledad, donde él mejor nadaba; y más ahora, donde aparecía la figura ensombrecida del tal Simón entre tenues luces parpadeantes. El solo hecho de descender, con ese rostro angustiado, famélico hasta la exanimidad, le hizo pensar -tornando fugazmente a la pedantería-, en el viaje de Dante junto a Virgilio hasta los infiernos -un viaje que no había leído, de un libro que no había leído-, y suspiró por la boca y la nariz; el suspiro de las ocasiones especiales.
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La luz de Lupe
Cuando bajó a la calle, la luz le hizo parpadear, giñando, antes de acostumbrarse. "¿La luz? esa es Lupe, mi Lupe. Sólo ella puede salvarme de cometer una locura", se dijo. Sus pasos, sus pies avezados y enfrascados en unas botas desgastadas, le llevaron camino de su casa. Tenía que cambiarse. Ponerse una camisa limpia y afeitarse. Y saldría otra vez. La idea de Lupe le empezaba a rondar más intensamente cada vez. El recuerdo de ella era tan real que se le hacía que sería ella quien le abriría la puerta al llegar, con la sonrisa siempre en la boca y pidiéndole a que entrara con un "pase, mi amor"; con el tratamiento de "usted", caribeño, que le arrancaba gruñidos de enamoramiento.
Pero no fue así. El corto paseo que había hasta su portal le sofocó. Últimamente le había dado por andar deprisa, como estresado, como si tuviera una cita ineludible o le estuvieran esperando para empezar a comer. ¡Qué diferencia de antaño! Cuando al acabar el trabajo sólo llegaba a la hora al mediodía, porque tenía hambre, pero por la tarde, al acabar, siempre remoloneaba y daba un rodeo más largo de lo habitual para enfrentarse lo más tarde posible a su rutina; cuando nada más meter la llave en la puerta, le recibían con un "ya llegas"; indiferente, como de hartazgo. Su mujer apenas levantaba los ojos de su punto, tan sólo para mirar la tele. Como aquél que sabe sin mirar lo que hay. A veces la encontraba pelando vainas mientras veía una serie en la tele, o limpiando los jibiones que iba a preparar para el día siguiente.
Tras el paseo
Al llegar a casa, estaba acalorado y casi sin aliento. Miró la rejilla del buzón, ansioso por descubrir algo, una carta, una postal. ¿Tal vez de México? "Qué tontería&", pensó, "si nunca he recibido nada de México"; Antes su hija de Londres le mandaba postales, y a veces alguna carta, pero cada vez se fueron espaciando más. No había nada en el buzón. Aún así, lo abrió, y pasó su mano fría por el sudor por el interior del polvoriento buzón, como confirmando táctilmente que, efectivamente, no había nada. Miró su mano y puso cara de fastidio al ver que se le había quedado negra. Sacudiéndose el polvo ya inscrustado, se dirigió al ascensor. Al llegar a su puerta sacó el llavero y con manos algo temblorosas le costó dar con la que abría la cerradura de abajo. Solía cerrar las dos, pero últimamente, con las prisas, sólo cerraba una. ¿prisas?. Abrió empujando la puerta casi antes de llegar a abrirla, y se sacudió los zapatos en el felpudo antes de entrar.
No recibió ni "pasa, mi amor", ni un "ya llegas". Tan sólo la penumbra de su casa, con las persianas bajadas algunas, y medio bajadas otras, y un tufillo a cerrado debido a la poca ventilación, fueron testigos de su llegada. Se quedó quieto como para oir si le llamaban, o por ver si, tal vez, en su alucinación, Lupe aparecería detrás de una puerta como aparecen los concursantes en un plató. Pero no, nada ni nadie apareció.
La llamada de Marta
De repente, un sonido intenso le alarmó. Era el teléfono. "¡Lupe!", exclamó en silencio, en un susurro que ni siquiera él oyó. Corrió junto al sofá, y ni siquiera se llegó a sentar. De pié, inclinándose hacia adelante, contestó.
-¡Sí! ¡Dígame!
-¿Papá? -le contestó la voz al otro lado.
-¿Qué?
-Soy Marta, Papá.
-Ah, eres tú -sonó la voz decepcionada de Ricardo mientras se dejaba desplomar sobre el sofá.
-Pues sí, ¿quién iba a ser? ¿tantas llamadas tienes? -le reprendió Marta.
-Bueno, tu hermano llama a veces. Y Miguel y Fede, otras. Y tu tía, que es una pesada.
-¿Cómo estás, bien?
-Muy bien, hija, muy bien. ¿Y tú?
-Bien, con lluvia, pero bien.
-Ahhh.
-Ya comes bien, Papá?
-¿Comer? Sí, suelo ir donde Pili, al bar. Me tomo un menú y me quedo como Dios. Además, por 8 euros...
-Eso está bien. Y, cenarás, ¿no?
-No suelo, lo sabes... Me tomo un pincho si estoy en la calle y si no, pues unos vinitos y tal.
-Mejor si cenaras. Haz la compra, que seguro que tienes la nevera vacía.
-Ya, pan compro a veces. Pero se me acaba quedando duro.
-A ver si puedo ir algún fin de semana a supervisarte.
-¿Supervisarme? Yo estoy muy bien y muy tranquilo, déjate de zarandajas.
-Que no, que no, que a ver si me cojo unos días y me voy por allí.
-Bueno, bueno, te dejo que he quedado con Miguel y voy a llegar tarde, -mintió Ricardo.
-Vale, papá, hablamos en otro momento. Pero cuídate, ¿eh?, -insistió Marta.
-Que sí, que sí, tú tranquila. Ale, ale, a pasarlo bien por allí, ¿eh?
-Adiós, papá.
-Ale, adiós -colgó Ricardo, suspirando, irritado.
Cuestión de tiempo
Y allí permaneció durante horas. Sentado en la penumbra de su casa, ensimismado y con la mirada perdida. No tenía hambre, ni sueño ni sed. En esos momentos no sentía, era como si se hubiese salido de su cuerpo y flotara sobre él y lo viera allí sentado e inerte.
Lo que sí sabía, a ciencia cierta, es que era cuestión de tiempo. No mucho, a juzgar por los efectos de la urgencia que le apretaba ultimamente. Tenía que hacerlo ya; no tiene sentido esperar que el remordimiento llamara a la prudencia si uno aún no se ha arrepentido, y lejos estaba de eso.
- Sí, sin duda, debo hacerlo; sin pensar demasiado y sin entretenerme en preparativos melindrosos. Me largo y cuando llegue ya llamaré para decir que me he largado (o no, ya veré).
Cada vez más afianzado en su determinación, se justificaba aludiendo a su innato espíritu emprendedor, a su nula capacidad de renuncia, a su heredada cabezonería y a la trayectoria vitalicia de salirse siempre con la suya; - Yo soy un jugador, no tengo por qué quedarme mirando en segunda fila - se decía mientras tiraba, abierta, una maleta vieja sobre la cama.
Ebrio de aplomo y escaso de razones, se inyectaba valor a partir de recuerdos de éxitos pasados que, si bien no eran ciertos, el derecho a soñar implica que la espiral de fantasía cobre su importancia.
Y es que esta vez estaba convencido. Pensando en toda esa vida que había desperdiciado, se sintió mal consigo mismo.

