Gregorio Rojas Buendía
De WikiNovela
Desde que se puso de moda la novela suramericana, la vida de Gregorio Rojas Buendía se complicó. A todos les parecía oportuno amenazarle con un siglo de soledad, más o menos. Ninguno de sus amigos se salvó de hacer la gracia, por lo que Gregorio decidió ir a buscar amigos nuevos en un barco bastante grande que salía aquellos días para Cuba. Estaba convencido de que la novela suramericana no sería tan conocida en La Habana como en su escuela. Sabía que la gente viajaba a suramérica por razones serias; políticas, familiares, económicas incluso, y no se sentía bien cuando pensaba que él emigraba unicamente por huir de la maldición que había dentro de una broma. No le hacía ninguna gracia el proyecto de pasar un siglo a solas consigo mismo, y, ya se sabe, lo que queda dicho, o maldicho, finalmente acaba por cumplirse. Y a Gregorio lo que más le gustaba era charlar con la gente, inventar historias y oir cuentos para contárselos a sí mismo de noche, cuando no se podía dormir.
Pero el hecho es que la maldición estaba ya en su vida mucho antes de que la novela suramericana se pusiera de moda, y a Gregorio Rojas Buendía, quieras que no, le estaba reservado un siglo para estar solo. Actualmente vive de nuevo en La Habana, volvió a marchar cuando comprobó que nada bueno podía esperar de sus hijos; llevaban la misma marca, estaban, como él, rodeados de esa soledad resignada y cobarde que no sabe hacer otra cosa que vigilar por la ventana. En La Habana todos le llamaban Don Gregorio, pero nadie quería charlar con él. Fue así como empezó a pasear cada día un poco más lejos, un poco más triste y un poco más serio. Dicen que es posible que vuelva a Bilbao para la boda de su nieta Marta; aunque nadie le haya dicho con quién se casa Marta, le apetece un viajecito.
- _ ¡Por cambiarle el aire a la madición!, se dice sonriente ante el espejo de Legüis.

