Juan de Galíndez

De WikiNovela

El cronista observa la entrada del pordiosero ceremonioso. Observa la acerada suciedad de sus uñas, observa el movimiento de sus pies, de su espalda, y todo ello significa locura, parsimonia, y miseria. El pordiosero elige una mesa cercana a la ventana, desde la cual exhibe su desinterés a todo lo que pudiera rodearlo, salvo al destemplado corretear del camarero a través del salón.

El pordiosero mira con odio y desdén, ofendidísimo, al camarero, hasta que aquel se acerca a su mesa, se retira, y después vuelve con un "carajillo corto de café y una copa de Terri, si le place".

El cronista mira al pordiosero, y mastica y traga cada palabra o gesto que pudiera realizar; el pordiosero comienza su casi elegante acción de echarse alcohol al cuerpo. El malhumor del pordiosero maravilla al cronista.

El pordiosero finaliza el piscolabis, su malhumor desciende, y, chasqueando satisfacción, saca una cajetilla de cigarrillos del bolsillo; enciende uno con varoniles movimientos embadurnados de solera, utilizando para ello un mechero imitación Zippo que deja -un chasquido de placer sobre la mesa de madera-, sonoramente al costado de la cajetilla de cigarrillos, sobre la mesa.

El pordiosero fuma, su mentón está alzado, la mano que sostiene el cigarrillo descansa sobre el antebrazo horizontal que apoya el codo sobre la mesa.

El cronista deja de acechar las miserias del pordiosero cuando descubre el abigarrado montón de cigarrillos de distintas marcas que asoman de la impoluta cajetilla. La imagen del pordiosero acomodando ceremoniosamente la colección de cigarrillos dentro del atado le da un asco de manoseo que lo obliga a mirar y pensar en otra cosa...

El pordiosero fuma, impoluto a los demás, y cada uno de los cigarrillos regalados por distintas manos miran al pordiosero -y observan al cronista-, con su único ojo blanco, esponjoso, ciego.