La danza de los eunucos

De WikiNovela

Juan de Galíndez, Cronista, no se sorprende cuando descubre, apoyada en la pared del fondo del callejón, una letra "A" herrumbrada, de casi dos palmos de alto, parcialmente tapada por algunas bolsas de basura abandonadas a su suerte y a la lluvia y a las ratas. Las bolsas están roídas y rotas, que no es lo mismo, y la letra "A" también ha sido probada por los roedores, aunque es claro que pronto fue desechada como incomestible. Ahora, a cada tormenta, a cada descarga de los caños del desague, pierde algo del esmalte que la cubría.

Deja atrás, Juan de Galíndez, Cronista, la "A" abandonada. Ya no despierta su curiosidad el encontrarse letras abandonadas, y tampoco el descubrir que brotan -como hongos y ellas, a su vez, también hongos-, en los rincones donde la lluvia tarda más en secarse, donde el limpiar de las vecinas -agua y lejía; mopas y escobas trajinadas-, tarda tanto como la lluvia en evaporarse. Siente un crujido bajo sus pasos, y descubre que acaba de pisar un caracol. De su interior babeante, encefálico, se desparraman unas letras minúsculas que corren alocadas unos instantes, hasta que mueren instantes después que el propio caracol. Juan de Galíndez, Cronista, piensa en hormigueros pateados.

Deja atrás, Juan de Galíndez, Cronista, también al caracol, también el honguear de letras, porque no quiere perder tiempo ante las letras muertas, pero nuevamente debe detenerse, esta vez para resguardarse en un bar, mientras acaba la lluvia que ha comenzado a caer -un sebo recalentado que gotea desde las nubes; cada letra que cae hace "plop" con un ruido que recuerda a "buf", y se derrite en un charco de grasa que las veredas no pueden absorber-. Después de varios minutos de llovizna, la lluvia se transforma en aguacero, que dura unos minutos más, hasta que acaba. Juan de Galíndez, Cronista, aprovecha para pagar su consumición y volver a salir a la calle.

Intenta caminar sin abandonarse al asco que siente al pisar la grasa de las letras. Juan de Galíndez, Cronista, camina mirando hacia adelante, voluntariamente obtuso, aunque la grasa le impregna las medias. Un muñeco que sobresale de un contenedor lo clava en su sitio -Juan de Galíndez, Cronista, ya no siente más deseos de caminar. No encuentra motivos para caminar-. El desarticulado espectáculo del monigote lo deprime, lo obliga a mirar sin pestañear. "Ricardo...", murmura Juan de Galíndez, Cronista. Finalmente, llega un corso de eunucos balbuceantes que, tomados de la mano, comienza una danza en torno al muñeco abandonado y que aún continuará esa noche, y la mañana siguiente, y el día siguiente. Ningún camión de recolección de residuos pasará a vaciar el contenedor, en todo ese tiempo.