Vidas Prodigiosas

De WikiNovela

Comienzo de Vidas Prodigiosas | Comienzo alternativo | Segundo comienzo alternativo | Tercer comienzo alternativo


Ricardo vive solo, en un piso situado detrás del edificio de la Telefónica. Por las tardes, se asoma a la ventana y mira a las prostitutas. Se quedó viudo hace tres años. Tiene dos hijos. Su hijo mayor, Andrés, vive en Berlín; da clase de matemáticas. Y su hija Marta está viviendo en Londres. Ella trabaja en cuestiones relacionadas con el diseño o la publicidad, no lo sabe muy bien -él, cuando piensa en su hija, unas veces piensa en ella como publicista, y otras, como diseñadora, y nunca se ha dado cuenta de ello-. Le gusta tomar una una copa de brandy después del almuerzo, pasándose, a veces de licencia; regresando, a veces sólo a la casa borracho y hablando en voz alta con el fantasma de su mujer.

Hasta su jubilación, recorría España supervisando instalaciones eléctricas. Conserva, de sus viajes, una colección de jabones y de cepillos de dientes y de frasquitos de colonias que recogía de los hoteles. A veces viajaba en preferente, y entonces se traía, enteros, los estuches de la comida, que ha empezado a momificarse -la pudrición de lo reseco-, dentro de un armario lleno también de cubiertos de plástico, de biblias antiguas y de toallitas húmedas. Tal vez esa costumbre se le debe a su mujer, que le gustaba coleccionar objetos del avión, ya que le parecían signo de riqueza.

Juan José Millás es un vecino de piso donde vive Ricardo. Él también es jubilado, soltero, de edad avanzada, con varias aventuras amorosas detrás. En los tiempos libres, él escribe en una Remington, heredada de sus abuelos. Mientras que el diambular del tiempo le dice que es hora de regresar a su oficio, se la pasa mirando a las prostitutas. Para alimentar sus historias, usualmente espía el hacer diario de sus vecinos. Desde hace varios meses tiene cazado a Ricardo. A veces, tal vez por esa curiosidad de escritor, o por ocio va al apartamento de Ricardo , y se ponen hablar hasta la madrugada, y regresa a su cuarto a dormir. Por las mañanas, antes del desayuno, lee El Gatopardo de Lampedusa. De lo cual siempre le ha gustadoesta frase: Es necesario que todo cambie para que todo permanezca igual. Como si fuera la síntesis de su vida, y de su finalidad. También escribe un diario.

Como si se tratara de la joya de la corona de la colección, Ricardo aún guarda un neceser (http://portal2.lacaixa.es/Puntos_Estrella/Images/PI7061.jpg) que le regalaron en aquel viaje a México. Su empresa le envió a un congreso sobre redes de distribución. Fueron los cinco días más excitantes de su vida. Nunca antes y nunca después salió él de España. Ni siquiera para ver a sus hijos. Y fue la primera vez que voló. Sonríe -sonreía, mas bien; sonreía cuando aún se permitía burlarse de si mismo-, al recordar cómo casi se mareó al despegar.

Pero, sobre todo, recuerda a Lupe. Un humo sutil de tristeza, de añoranza y soledad cubre, por un momento, sus pensamientos. Quizá todo pudo ser distinto. Quizá.

Lupe era morena y tenía cuarenta y cuatro años, uno menos que él en aquel tiempo. Era camarera del hotel "Fiesta Caribe" donde se alojaron. Ricardo la vio nada más entrar al restaurante. Él era por entonces un hombre bien encarado, y Lupe también le miró con un brillo de gula en los ojos que le duró un instante, que la dejó tan turbada a ella como a Ricardo.

Le encantaba el andar de Lupe. Aquel movimiento de cadera, la boca sensual que a él le parecía tan inusitadamente ancha -una continuación, las curvas de sus labios, del ondular de su cadera-, aquellos brazos morenos y de piel suave, aquellos ojos negros en los que tres días más tarde navegó en las dos mejores horas de su existencia.

Ricardo suspira. De pronto, cae en la cuenta de que está solo. Y, lo que es peor, ha estado siempre solo y eso no tiene vuelta atrás. Con todos sus viajes, perdió la niñez de sus hijos y cuando quiso recuperar el tiempo perdido, ellos ya habían llegado a la edad en que lo último que desean es la compañía de sus padres. Andrés, su hijo, le salió un pitagorín. No se explica de donde sacó esa capacidad. De él no, desde luego. Y de su madre, menos aún. Hace ya casi un año que no le ve. Recibe, eso sí, un par de llamadas al mes desde Berlín. Siempre lo mismo. Suena el teléfono, se oyen unas voces en un alemán que él nunca entiende y luego tres minutos de "¿qué tal estás?", "todo bien por aquí" y "cuídate". Sabe, eso sí, que trabaja cerca de la capital y que, además de dar clases, está sacándose el doctorado con un estudio sobre algo que desarrolló un tal Gödel. O algo así. Porque a Ricardo, esos nombres extranjeros nunca se le han dado bien. Marta, su hija, siempre quiso viajar. Su madre la apuntó pronto a clases de inglés. Primero, con una prima suya, unos años mayor que ella, y que sabía algo de aquel idioma por el hecho de que se carteaba con un noviete inglés que había conocido en San Sebastián. Más adelante se apuntó a clases y cuando llegó a los veinte sorprendió a todos diciendo que se iba a estudiar a Inglaterra. No hubo manera de convencerla para que se quedara. Desde entonces, allá está. Hace también un año que no la ve.

Ricardo piensa en todos los años que ha malgastado, repartiendo la apatía entre un trabajo que no le gustaba y un hogar que le era lejano. Y siempre, con el recuerdo -lejano ya, pero persistente- de Lupe. Él siempre ha tenido mala memoria, pero no es con la memoria con lo que recuerda los cinco días de calor y de Lupe.

Cuando su mujer murió, intentó volver a buscarla. Llamó al restaurante del que aún guardaba una tarjeta -no metida entre los jaboncitos de la colección sino en su cartera, junto a esos tesoros que son, para un hombre mayor y aburrido, las fotos arrugadas de los hijos que sonreían cuando los fotografiaban-. Le dijeron que había dejado el trabajo casi diez años atrás. No sabían dónde estaba ni qué había sido de ella. Telefoneó, también, al hotel pero allí no la conocían -le atendió un tipo que sonaba tan ridículo, al teléfono, como Ricardo se sentía haciendo esa llamada, larga distancia, desde su movil cargando la batería en la cocina-.

Así que cada noche y cada día debe conformarse con su recuerdo. Siempre la misma rutina. Come fuera. Llega a casa. Manteniendo la tradición de años, discute con la sombra de su mujer y, luego, se acuesta y deja que las memorias de Lupe le arrullen hasta dormirse. Hace años que se duerme pensando en aquellos negros ojos.

Fue él el que le insinuó que le gustaría conocer la ciudad de México. El congreso terminaba, cada día, a las cuatro de la tarde de modo que tenía unas horas libres. Ella aceptó, entre risas, y le dijo que aquella misma tarde le enseñaría el Parque Hundido, allá cerca de la Insurgentes.

Vino puntual a las cinco. Ricardo se había pegado dos duchas y se había afeitado nuevamente. Incluso se echó un poco de aquella loción que, por lo general, sólo usaba los domingos. Cogieron un taxi y él la miraba ensimismado cuando ella le iba diciendo los nombres de las calles por donde pasaban, como si estuviera recitando una poesía minimalista y estática, una poesía frígida, de nombres propios y grandilocuentes, pero que sonaban a sudor, a sol y a ron, gracias al acento mejicano de Lupe. Miraba su perfil, sus labios, la forma en que se sentaba, sus gestos. Entonces, no tuvo conciencia de que se había enamorado, nunca se daba cuenta d

[Texto suprimido...]